about
Este tipo de blogs personales guardan en su interior dos objetivos principales. El primero es el desahogo del escritor, que utiliza la herramienta tecnológica como una excusa para vomitar por sus dedos lo que su cerebro no quiere contener durante mucho más tiempo. La segunda es una expresión de vanidad egocéntrica, en la que el escritor ofrece al mundo su vómito, con la esperanza de que el lector ocasional encuentre algo de belleza, verdad o inteligencia entre los grupos de sus desvaríos. Para entender la segunda es importante escenificar el busto del vanidoso, más allá del asepcismo del cv, que se deja como referencia con la esperanza de que nadie lo lea.
Mi madre dice que mi nombre es Alejandro, aunque ella me llama Álex. Generalmente respondo a cualquier variante que no implique el cambio de ninguna consonante del vocablo “tbs”: tabs, tabis, tabus, tubs y ocasionalmente (y excepcionalmente) tabloide son algunas de las variantes más escuchadas. Me respaldan 37 años de ruido amplificado y actualmente me encuentro saltando entre Donosti (responsable de mi barriga pintxotera) y Leipzig (responsable de mis pésimos gustos culturas), fotografiando cosas feas (para que nadie le eche la culpa al fotógrafo) y gente bonita, rescatando canciones de las viejas con la ayuda de un piano que ha vivido ya en más ciudades que el Alejandro más famoso y de una guitarra que perteció al tío de una mutxatxa de Intxaurrondo y que responde al nombre de Sombra (la guitarra, no la mutxata), y haciendo las veces de investigador científico (que es por lo único por lo que me pagan). En el poco tiempo libre que me dejan mis Ocupaciones Absurdas disfruto leyendo algún que otro librejo no-relacionado-con-mi-research y vivo secretamente enamorado de dos elementos capitales: mar (al que se llega fácilmente en cinco minutitos desde mi pisito donostiarra) y la subcultura postpostmoderna que busca absurdamente (en el sentido de Beckett) la innovación (a la que se llega fácilmente en cinco minutitos desde mi piso-de-verano en lo que los romanos llamaban Lipsia). Soy natural de la capital mesetera a la que debo mi macarrismo. La música me pone bastante e intento que nunca me abandone. Lo que mejor me entra o es jazz o es blues, o es esa música que sabe aún mejor con una dosis de THC que reproduce en la audición las condiciones perceptuales de la composición. En realidad lo que más me gusta, pensándolo un poco, es escuchar lo que nunca he oído; corolario beckettiano de la búsqueda prepostmoderna del sentir lo que nunca se ha sentido, ver lo que nunca se ha visto, pensar lo que nunca se ha pensado. Quizás por eso me gusta cocinar lo que nunca he cocinado, aunque hay clásicos que nunca mueren como mis paellas a fuego de leña en el parque o mi guacamole. El secreto está en echarle más cilantro que aguacate y pasarse un poquito con la sal. Me gusta llamarlo “cariño”, esencia fundamental de la cocina. Me gusta escribir porque hablar sin presiones temporales o sociales es siempre divertido. Es un desahogo vanidoso, como explicaba al principio, en el que la vanidad se desvanece poco a poco dejando, en esencia, una vía directa cráneo-teclado con la que desligarse (supongo que se aplica una especie de no-cloning-theorem ideario) de las cosas inquietantes que pasean por allí arriba.