En una charla sobre el estado del Euskara el ponente argumenta que su uso está en minoría doliente en Euskal Herria (el territorio vasco histórico, que incluye también Navarra y el Iparralde). Divide a los habitantes en tres tramos de competencia lingüística: uno predominantemente Eraldul (mayor fluidez en Castellano o Francés que en Euskara); uno perfectamente bilingüe; y uno predominantemente Euskaldun. El ponente argumenta que la estadística oficial, que mide la competencia lingüística como la proporción de habitantes fluidos en Euskara, es ilusamente optimista: incorrectamente incluye a los bilingües en el equipo de los Euskaldunes. Propone en su lugar medir la competencia lingüística como el ratio entre Eraldunes y Euskaldunes, exiliando a los perfectos bilingües a un limbo de neutralidad. La conclusión es que el optimismo oficial es falaz: los Euskaldunes están en minoría abismal. El Euskara está en peligro de extinción.

Explico la argumentación del ponente porque me parece ilustrativa del pecado intelectual del nacionalismo: la pretensión de la homogeneidad. Una forma de pensar que nos lleva a perder contacto con la intención primigenia (en este caso, la conservación del Euskara y el patrimonio cultural vasco) y la sustituye por una dualidad vacía y superficial (una batalla entre dos patrimonios culturales coexistentes). Radicalmente, el punto de vista es idéntico al del nacionalista eraldún: es incapaz de ver la diversidad cultural como una fuente de riqueza.

Propongo en su lugar un modelo que valore, por encima de todo, el bienestar de las personas. Pido al que no pueda evitar ser nacionalista que se plantee serlo de forma aditiva (en el sentido de valorar lo que añade) en lugar de serlo de forma sustractiva (defendiendo la depuración de la cultura y la extracción de las partes que son de su agrado). Y al que pueda no ser nacionalista, le pido que me acompañe en un modelo que en lugar de poner a Euskaldunes contra Eraldunes vea valor en la heterogeneidad, el mestizaje, y la riqueza inter-nacionalista.

Volviendo a la sinécdote, propongo que el modelo utópico no sea la predominancia de ningún grupo monolingüe: que midamos el éxito de las políticas lingüísticas por el tamaño del grupo perfectamente bilingüe. Trascendiendo a la sinécdoque, propongo que ignoremos los motivos históricos del odio que, si quizás tuvieron su sentido en el pasado, hoy son más útiles en los libros de historia; que pensemos en la misión de la homogenización de la cultura como una pretensión supremacista indigna del projecto humanista del siglo XXI.